Where is here? 3. Aquí no hay temperatura.
A pesar del muy anunciado efecto invernadero y el consiguiente deseo de que el maldito petroleo se acabe de una vez por todas ya que en mi opinión es perfectamente remplazable y además da la impresión de que el petróleo que se cacarea tanto que ha sostenido al régimen de Chávez en Venezuela, también ha sostenido el régimen “Salinista” en México de Miguel de la Madrid a la fecha. Pues bien, aunque se tardó algunas semanas, el Invierno llegó a Toronto con todo. La nieve no es por aquí aquella cosa poética tipo polvo o “algodón” de nuestra imaginación. La nieve más bien se ha convertido en una costra de hielo irrompible, aunque en los parques es bonita (y no muy agradable para caminar) en las calles es una revoltura con sal y lodo y en fin.
Para resumir lo que se siente estar aquí ahora, podríamos recitar el siguiente comercial de master card: Costal de sal de grano para derretir nieve, 2 dólares. Chamarra hipergruesa muy de moda, 200 dólares, ropa interior térmica incomodísima tipo Gargamel, 40 dólares, crema para patas de perro, 8 dólares, chamarra de borrega café para perro 30 dólares, chamarra de borrega café para mi, 80 dólares. Guantes, gorro y demás, ya ni sé. Salir de tu casa a las siete de la mañana en domingo para ir a trabajar, encontrar el metro cerrado y un termómetro en la calle marcando -14ºC, no tiene precio...
Como diría mi nueva amiga Catia (una bióloga portuguesa muy simpática y muy aficionada al buen beber) si algún buen mexicano me pregunta que cómo está la temperatura, la respuesta es muy simple: hace catorce grados que dejó de haber temperatura. Sin embargo, decidimos tener un día muy invernal y sentirnos como canadienses por un momento; así que fuimos a patinar a una pista de hielo frente al lago. Primero que nada, nos pudimos librar de la mayoría de los inmigrantes por un rato, en la pista de hielo no hay un solo árabe, latino o hindú, acaso algunos chinos que desean sentirse muy gringos, pero sobre todo canadienses. Muchos de ellos llevaban a sus microhijitos, vestidos con mini trajes de hockey, tal vez buscando que se vuelvan la siguiente estrella de los Toronto Leafs y vivir de ellos en su vejez o tal vez buscando perpetuar generación tras generación, el culto canadiense al hielo, los patines y el pock. La simple idea de patinar viendo frente a ti el lago haciendo olitas, la idea de patinar sobre hielo bajo las nubes, bajo el sol, observando los árboles y las aves de las islas de Toronto, es simplemente alucinante, aunque también es difícil. Llega un momento en que el frío no da frío, el frío es doloroso, cualquier pedazo de piel descubierto duele, incluso mis guantes de esquiador no sirvieron de mucho para proteger mis dedos del dolor.
Finalmente la noche cayó y nos fuimos a tomar un café en una cafetería sobre un muelle. En ese muelle, me encontré con un dormitorio de patos, que flotaban hechos bolas cerca de unos pedazos de hielo flotantes (si señores, son los primeros icebergs reales que veo en mi vida) y me dio frío de pensar en esos pobres patos, aunque después pensé que a la mejor pasan el verano en las costas árticas y el invierno de aquí les parece un lugar agradable para migrar. 
Para resumir lo que se siente estar aquí ahora, podríamos recitar el siguiente comercial de master card: Costal de sal de grano para derretir nieve, 2 dólares. Chamarra hipergruesa muy de moda, 200 dólares, ropa interior térmica incomodísima tipo Gargamel, 40 dólares, crema para patas de perro, 8 dólares, chamarra de borrega café para perro 30 dólares, chamarra de borrega café para mi, 80 dólares. Guantes, gorro y demás, ya ni sé. Salir de tu casa a las siete de la mañana en domingo para ir a trabajar, encontrar el metro cerrado y un termómetro en la calle marcando -14ºC, no tiene precio...

Como diría mi nueva amiga Catia (una bióloga portuguesa muy simpática y muy aficionada al buen beber) si algún buen mexicano me pregunta que cómo está la temperatura, la respuesta es muy simple: hace catorce grados que dejó de haber temperatura. Sin embargo, decidimos tener un día muy invernal y sentirnos como canadienses por un momento; así que fuimos a patinar a una pista de hielo frente al lago. Primero que nada, nos pudimos librar de la mayoría de los inmigrantes por un rato, en la pista de hielo no hay un solo árabe, latino o hindú, acaso algunos chinos que desean sentirse muy gringos, pero sobre todo canadienses. Muchos de ellos llevaban a sus microhijitos, vestidos con mini trajes de hockey, tal vez buscando que se vuelvan la siguiente estrella de los Toronto Leafs y vivir de ellos en su vejez o tal vez buscando perpetuar generación tras generación, el culto canadiense al hielo, los patines y el pock. La simple idea de patinar viendo frente a ti el lago haciendo olitas, la idea de patinar sobre hielo bajo las nubes, bajo el sol, observando los árboles y las aves de las islas de Toronto, es simplemente alucinante, aunque también es difícil. Llega un momento en que el frío no da frío, el frío es doloroso, cualquier pedazo de piel descubierto duele, incluso mis guantes de esquiador no sirvieron de mucho para proteger mis dedos del dolor.
Finalmente la noche cayó y nos fuimos a tomar un café en una cafetería sobre un muelle. En ese muelle, me encontré con un dormitorio de patos, que flotaban hechos bolas cerca de unos pedazos de hielo flotantes (si señores, son los primeros icebergs reales que veo en mi vida) y me dio frío de pensar en esos pobres patos, aunque después pensé que a la mejor pasan el verano en las costas árticas y el invierno de aquí les parece un lugar agradable para migrar. 




